miércoles, 6 de febrero de 2013

De fortalezas y castillos

Las fortificaciones han sido de vital importancia en la historia militar, desde los muros de tierra de los castros de la Edad de Hierro hasta los reductos de hormigón armado del máx próximo siglo XX. No obstante, a pesar de la reciedumbre de estas fortalezas, siempre ha surgido algún enemigo con suficiente astucia para conseguir burlar sus muros.
En tiempos bíblicos los asirios se distinguían par sus ciudades amuralladas y por su pericia en batir las fortalezas enemigas. Más tarde los romanos perfeccionaron este arte. Cuando Sila atacó a los judíos rebeldes de Masadá, sus ingenieros levantaron un montículo de ochenta metros de altura sobre el que erigieron torres. De este modo se alzaron sesenta metros por encima del baluarte adversario.
Constantinopla, la mayor ciudad de Europa durante la Edad Media, poseía tres líneas de murallas con un foso de veinte metros de anchura por seis de profundidad. Tras éste se erguía una serie de baluartes; veinte metros más atrás había otra muralla con noventa y seis torres espaciadas por intervalos de sesenta metros. Dentro de este muro aún había un tercero con otras noventa y seis torres, levantadas entre las del muro anterior y de doble altura. Un obstáculo para intimidar a cualquier enemigo. Pero los guerreros de la cuarta cruzada traspasaron las defensas, extendiendo puentes desde sus naves a las murallas, e incendiaron cuanto hallaron a su paso.
El arte de la fortificación alcanzó su apogeo en la Edad Media, época en que los grandes castillos de muros de piedra se propagaron como hongos por toda Europa. Antes del advenimiento de la pólvora, estas fortalezas podían resistir ataques de meses e incluso años de duración, pero aún la más poderosa caía ante un enemigo obstinado.
Cháteau Gaillard, construido por el rey Ricardo Corazón de León cerca de Rouen, en Normandía, poseía tres líneas de defensa, consistentes en fosos y murallas con torres intercaladas. El castillo se alzaba señero, sobre una colina que domina la ciudad de Les Andelys, y fue considerado durante siglos como uno de los más importantes del mundo. En 1203, Felipe II de Francia puso sitío al castillo, que defendía Roger de Lacy en nombre del rey Juan de Inglaterra. Una vez tomada la ciudad de Les Andelys, el monarca francés se propuso hacer la vida insoportable a los defensores. Se excavaron trincheras para cortar el abastecimiento de agua al castillo y se trajeron máquinas de asedio para demoler el muro exterior. Al cabo de algún tiempo se consiguió abrir un portillo en el muro y los atacantes penetraron por él. Un grupo de hombres, que ascendieron por los desagües del castillo, aparecieron tras la segunda muralla y lograron extender el puente levadizo entre ésta y la exterior. Finalmente comenzaron a minar los cimientos del muro interior. Los defensores excavaron contratúneles y se produjeron furiosos combates bajo el suelo. Pero al final, la muralla, completamente minada por ambas partes, se derrumbó sobre el foso y el castillo cayó en poder de los franceses.
La aparición de la pólvora supuso el comienzo del fin de los castillos construidos de piedra. Modernamente surgieron los fortines de acero y hormigón, excavados profundamente bajo tierra e invulnerables a los impactos directos de las pesadas granadas. Pero la llegada del avión y del carro de combate trastrocó de nuevo la estrategia, que hubo de modificarse en nuestros días.